Escrito por: John Fitzerald Wridekantovich, antiguo periodista freelance, trompetista y mercenario.
(Comienzo de la grabación
AZ 2- 22-45).///
Yo, como mierda … .
Sí, sí, como mierda. Soy un comedor de mierda. Dejad que me
explique; porque sé lo que estáis pensando: pero no, no estoy
loco. Debéis recordar. Recordad. Aquí, ahora, en el año 2245 tras
el holocausto que asoló nuestro mundo, vuestro mundo, ¡ya no queda
comida!. La humanidad, abandonada a su loca carrera de exterminio,
ha arrasado con todo. Ni ciudades, ni campos, ni valles ni montañas,
ni esmeráldicas playas paradisíacas, se lo ha cargado todo. El
embrutecimiento y la crueldad más irracional ha diezmado la
población de hombres y mujeres, de animales y plantas, y ya casi no
queda nada. Vivo, como algunos ya sabéis, en el distrito noroeste de
Straintonsforshire, cerca de donde antaño se ubicaba el centro más
comercial de la ciudad con su emblemático “Corel Paradise”,
epicentro y encrucijada cultural donde lo mismo dabas con el friki
más slow que con la más atrevida trendy. A lo mejor muchos de
vosotros lo ubicáis más fácilmente si os digo que a pocas manzanas
se situaba la central hidro-eólica que se hizo famosa por el
atentado terrorista del 2020 y que acabó de un plumazo con la vida
de doscientas mil incrédulas almas. Pues aquí, entre las ruinas de
lo que fue el paradigma de la imaginación humana llevada al límite,
me he especializado. Todos hemos tenido que hacerlo. Especialízate o
muere. No hay más remedio. Porque ¡no-hay-co-mi-da!. No al menos
como la que tradicionalmente existía antes de la barbarie. Quiero
decir: hamburguesas o pasta italiana, huevos fritos, sushi o sopas
instantáneas o latas de conserva. Todo eso que se veía en las
antiguas películas planas. No hay comida, es cierto, pero tampoco
somos muchos los que la necesitamos. Porque la mayor parte ha muerto.
Y los que quedamos nos hemos tenido que buscar la vida. Unos salen
reptando de las cloacas al filo de los primeros rayos de luz, son los
vegetarianos. Extienden afanosamente las palmas de sus manos,
lentamente, ritualmente casi, hacia el sol incipiente, para que su
pequeño ofúnculo despliegue con parsimonia sus diminutas hojas
verdes, e inicien una fotosíntesis de horas que apenas les dará
fuerzas para volver a la seguridad de sus catacumbas. Otros, los
recicladores, vagarán incansablemente entre las ruinas mil veces
escudriñadas, para encontrar hostiles deshechos metálicos que
echarse al estómago y sufrir luego el tormento de una digestión en
la que horripilantes contracciones tratarán de reducir a añicos las
ásperas aristas de vigas, clavos oxidados y tuercas deformadas por
el tiempo. Hay muchos más: los terranos, los gasificadores, los
cinéticos … . Yo, por el contrario, como mierda. De todo tipo. No
sé exactamente cómo empecé con esto. Quizás sea un recuerdo
inconscientemente bloqueado (¿Freud se llamaba?), aunque vagamente
me viene a la memoria una imagen de vómito y una leprosa moribunda.
Creo que fue así como empecé a sobrevivir. Luego vinieron las ratas
muertas con gusanos, los huevos podridos, las charcas pestilentes con
cadáveres hinchados grotescamente por los gases de la
descomposición, en fin, en una palabra: mierda. Todo aquello que
huela mal y que a los otros humanos provoque náusea me vale. Será
mi comida porque yo, como mierda.
Mientras hago esta
grabación me encuentro vagando por las calles. Hace algo así como
tres días que no me echo nada al cuerpo, y tengo hambre. Me comería
lo que fuese, aunque oliese bien. Pero cada vez es más difícil
encontrar comida. Decido, por tanto, dirigir mis pasos a la calle
Falstog. Allí siempre suele haber. Es casi de noche y sólo veo
algunas siluetas a lo lejos, moviéndose cansinamente. El aire está
extrañamente limpio, puro, y tengo un mal presentimiento. No sé por
qué.
La calle Falstog fue muy
famosa antes de la hecatombe. Se construyó en las primeras décadas
del siglo pasado y la intención era que aglutinara en una zona
relativamente pequeña, todos los talleres chinos de fabricación de
chips no reutilizables. Así que, de una calle bastante larga, salían
decenas de callejones estrechos donde se ubicarían los extensos
sótanos subterráneos que acallarían el ruido infernal de las
máquinas chipeadoras. Pero la jugada salió mal. Las mafias se
fueron haciendo inexorablemente con todos los inmuebles. Y en vez de
un centro de alta tecnología, la calle Falstog pasó a ser la
capital de todo tipo de negocio sucio. Los polis la llamaban “el
agujero negro”. Por su extremadamente prolija disposición y por lo
difícil que era mover coordinadamente efectivos del orden público
en medio de todo aquel caos, coche patrulla que entraba, coche
patrulla que nunca jamás salía.
Ya he llegado. Silencio.
Ante mí, la calle Principal. Es casi recta. Veo los innumerables
callejones que nacen de ella como patitas de un ciempiés. Es hora de
empezar. Debo ser sistemático y explorar una tras otra todas las
ramificaciones. Y si realmente quiero tener éxito ¿? ¡Joder! ¡Qué
susto! … Perdón, Señor.
[…] ¡Dios! Dejad que
recupere el resuello. Qué susto me acaba de pegar ese tío. Me di de
bruces con él justo cuando iba a entrar en el primer callejón. Que
tipo más raro. Enjuto y ágil. Me dedicó una fugaz mirada de gato
asesino. ¿Qué andaría haciendo por aquí?. No parecía un
tecnológico, además por aquí hace tiempo que ya no hay cables.
Espera, espera, espera… Huelo algo. Sí, ¡ Síí! . ¡Comida
fresca!. Oh, cielos, hacía tiempo que no presenciaba esta maravilla.
Un tremendo cagallón recién salido del intestino. No sé a que
clase alimenticia pertenecía ese tipejo, pero a buen seguro que está
bien cebado. No os quiero hacer la boca agua, pero con el hambre que
tengo ¡qué textura! ¡qué cremosidad! ¡qué sabor!.
[…] No me gusta la
sensación de boca seca que estoy teniendo. ¿Qué pasa?. Debería
estar satisfecho, he comido bien. ¿Por qué siento un nudo en la
garganta? ¿Por qué no puedo tragar?. Puta manera de torcerse una
noche que prometía. Creo que no me sienta bien comer tan deprisa.
Pero esto no es normal. Las piernas no me sostienen. Me tengo que
sentar. Y sudo. Sudo frío. Siento … , siento que las fuerzas me
abandonan. Ahora lo veo claro. Ya lo sé. Esta va a ser la grabación
final. En ella, un último pensamiento: Hasta la mierda está
envenenada.
(Fin de la grabación AZ
2- 22-45).///
Le pregunté a Wridekantovich si esta grabación tenía algún significado oculto, a mi me parece que sí; pero el solo me escribió: pronto lo sabrás. También le pregunté como una grabación del futuro pudo llegar hasta el pasado. Tampoco me escribió...
Sigo en el misterio. No me devuelve los e-mails, pero a lo mejor si vosotros tenéis alguna pregunta, yo se la puedo pasar y puede que las vuestras si las conteste. No es una grabación muy bonita, pero yo creo que tiene que significar algo. ¿El que? no lo se...
Para dejar una pregunta en los comentarios. Gracias.