Era de noche y estaba acabando de
colocar mis cosas en mi nueva habitación. Los pósters de los
Beatles y de mis libros y cómics favoritos ya colgaban de las
paredes lilas. Hacía ya unas dos semanas desde que nos mudamos a
Brooklyn. A mi padre le ofrecieron un trabajo, aquí en Nueva York,
demasiado bueno como para rechazarlo. Pero la verdad es que yo no
quería mudarme. Tenía a mis amigos en esa pequeña ciudad a cuatro
horas de aquí, tenía mi tienda de música y cómics favorita y la
mejor heladería del mundo. ¿Qué más podía pedir? Nueva York es
una gran ciudad y lo de gran ciudad conlleva a más coches, más
tráfico, más gente, más ruido y más de todo. Yo estaba bien en
donde estaba, no quería empezar de nuevo.
Ahora vivo en el segundo piso de un
edificio de ladrillo rojo de tan solo dos plantas. En el piso de
abajo vive una señora mayor con sus dos gatos. El piso es grande, lo
suficiente para que mi hermano mayor y yo no tengamos que compartir
habitación.
Dentro de una semana empezarían
las clases después de este verano. Cursaría el último curso de la
secundaría. No me imaginaba como podría ser la gente de aquí
aunque lo intentaba. En mi antigua ciudad, Ithaca, al empezar el
instituto tenía amigos pero aún así los demás nos veían como
bichos raros, unos frikis. No quería saber como iba a ser mi llegada
al nuevo instituto.
La última semana pasó. Puede
visitar los alrededores con mi familia para familiarizarme con el
lugar. Era muy grande. Tenía que coger el autobús para ir a
cualquier sitio mientras que en Ithaca podía ir andando a todos
lados. Tenía que admitir que era bonito y también por una parte me
gustaba vivir en esta famosa ciudad de los Estados Unidos, pero me
sentía sola. No tenía amigos, las únicas personas que conocía
eran mis padres y mi hermano Mark, aunque él estaba liado con sus
cosas, pronto tendría que empezar la universidad y cuando eso
sucediera me quedaría sola de verdad.
El último día de vacaciones lo
pasé en mi habitación escuchando los Beatles y hablando con mis
amigos por Skype. No tenía ganas de empezar las clases de nuevo, no
aquí.
La luz de las últimas horas de la
tarde se colaban por la ventana de mi habitación y me daban en la
cara. Me levanté para cerrar las cortinas y mi madre llamó para
cenar. La cocina tenía una pequeña mesa de cristal donde cabíamos
justo los cuatro y esta daba al salón. Hoy fue un día muy pesado,
mi hermano se iría dentro de tres días y quería dejarlo todo
preparado para no estar estresado el día antes, por eso estábamos
cenando tan tarde. Comí sin ganas, intentando mentalizarme para el
día de mañana.
-Alice, ya verás todo irá bien. La
gente no te va a comer, ¿sabes? -intentó animarme mi padre.
Se que lo hacía con buena intención
pero todo lo que conseguía era que me deprimiera aún más. Tenía
miedo, no miedo por no poder encajar, no tenía miedo por tener
gustos que los demás consideraban de bicho raro, no. Tenía miedo de
pasar por una etapa de acoso y no tener a mis amigos a mi lado para
ayudarme. Sabía que mis padres me podían ayudar, pero tampoco
quería que eso se convirtiera en algo tan gordo. Me estaba montando
películas antes incluso de saber lo que sucedería, pero yo era así,
pesimista.

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